Noticias
Viajar en avión este verano puede salir más caro de lo esperado. El motivo no es una huelga ni una nueva tasa, sino el alza del precio del petróleo.


Si estás planeando un viaje para este verano, puede que volar te salga más caro de lo esperado. No es una nueva tasa ni una huelga: es el precio del queroseno, el combustible que utilizan los aviones, que se ha disparado en las últimas semanas.
Detrás de esta subida está el conflicto entre Estados Unidos e Irán, activo desde finales de febrero, que ha terminado provocando el bloqueo del estrecho de Ormuz, una de las rutas clave por donde circula gran parte del petróleo mundial. ¿El resultado? El precio del combustible se ha disparado y las aerolíneas ya están empezando a ajustar sus operaciones.
Menos vuelos, más costes y una pregunta en el aire: ¿acabaremos pagando más por volar?
Para entender el problema, hay que mirar el mapa. El estrecho de Ormuz es uno de los puntos clave del comercio mundial de petróleo. Antes del conflicto, por ahí transitaban cada día unos 20 millones de barriles, cerca del 20% del suministro global. Una quinta parte del total. Casi nada.
El 13 de abril, Estados Unidos comenzó a bloquear el tráfico marítimo hacia los puertos iraníes. Irán respondió restringiendo el paso en el estrecho, lo que en la práctica ha reducido el flujo de petróleo en una de las zonas más sensibles del planeta. El impacto fue casi inmediato: el barril de Brent superó los 102 dólares y el crudo estadounidense alcanzó los 104 dólares, niveles que no se veían desde la guerra entre Rusia y Ucrania.
Aunque el 7 de abril se acordó un alto el fuego temporal de dos semanas, las tensiones (y, sobre todo, las dudas sobre su aplicación real) han impedido una normalización completa del tráfico. Traducción rápida: el petróleo sigue caro.
Si en los próximos meses ves menos opciones al buscar vuelos o notas que los precios han subido sin una razón clara, probablemente tenga que ver con esto.
El problema es básico: el queroseno es uno de los mayores costes de una aerolínea. Cuando sube, todo se tambalea. Y ya está pasando. Según datos de Cirium Aviation Analytics, 19 de las 20 mayores aerolíneas del mundo han reducido su capacidad para mayo en un 3% respecto al año pasado, medido en asientos disponibles por kilómetro. La única excepción ha sido Turkish Airlines, aerolínea de bandera nacional de Turquía.
Ah, y a esto se suma otro problema: el cierre parcial del espacio aéreo en algunas zonas de Oriente Medio, que obliga a desviar rutas, alargar vuelos y gastar aún más combustible. Algo que, inevitablemente, acaba afectándonos como viajeros (a nosotros y a nuestro bolsillo).
Si hay un modelo que sufre especialmente este tipo de crisis, es el de las aerolíneas de bajo coste. La pasada semana, el (polémico) consejero delegado de Ryanair, Michael O’Leary rompió con el tabú que rodea esta problemática y lo resumió con claridad:
«Si el combustible se mantiene en 150 dólares el barril este verano, habrá quiebras».
Y la primera ya ha llegado. Spirit Airlines, en Estados Unidos, se ha declarado en quiebra tras haber recortado más del 50% de su capacidad, en un contexto de costes disparados. En Europa, el impacto también empieza a notarse.
No necesariamente. Aunque el contexto es tenso, algunos expertos rebajan el dramatismo. Según Pol Pérez i Martínez, especialista en el sector aéreo y de defensa, muchas grandes aerolíneas low cost europeas cuentan con coberturas de combustible que les permiten amortiguar el impacto a corto plazo.
Ryanair, por ejemplo, tiene aproximadamente un 80% del combustible cubierto, y easyJet en torno al 70%, lo que les da cierto margen para resistir. Además, estas compañías cuentan con liquidez y escala suficiente para absorber el golpe, al menos en el corto y medio plazo.
El mayor riesgo se concentra en aerolíneas más pequeñas o con estructuras financieras más frágiles. Como advierte la Asociación Internacional del Transporte Aéreo (IATA), aquellas con baja cobertura de combustible, altos niveles de deuda y márgenes ajustados sí podrían enfrentarse a procesos de reestructuración si el conflicto se prolonga.
Por ahora, podemos respirar tranquilos: las principales aerolíneas españolas (Iberia, Vueling y Air Europa) mantienen su programación de verano sin cambios significativos.
España, además, parte con cierta ventaja: refina aproximadamente el 80% del queroseno que consume, lo que reduce su dependencia directa del exterior. Sin embargo, el Gobierno ya ha mostrado su preocupación por una posible escasez de combustible, especialmente por el impacto que podría tener en el turismo: si el precio del queroseno sigue al alza, lo más probable es que acabe trasladándose, antes o después, al precio de los billetes.
Lo interesante de todo esto es que no estamos ante una crisis puntual, sino ante un efecto dominó bastante claro (y cada vez más habitual): un conflicto geopolítico deriva en un bloqueo energético, eso dispara el precio del petróleo, encarece el queroseno y termina obligando a las aerolíneas a ajustar sus operaciones.
Y ahí es donde entra el viajero, que observa todo esto desde casa, a miles de kilómetros del conflicto. Porque algo que ocurre en un estrecho del que probablemente no habías oído hablar hasta ahora puede acabar afectando directamente a tu próximo vuelo a Roma o a esa semana de vacaciones que ya tienes en mente. De momento, no hay cancelaciones masivas ni un colapso del sector. Pero sí señales claras de tensión: menos vuelos, costes más altos y aerolíneas ajustando estrategias.
Si el conflicto se prolonga, lo más probable es que ese impacto acabe trasladándose al bolsillo del viajero. Porque, como suele pasar, cuando sube el combustible, rara vez viene acompañado de buenas noticias.