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Internet globalizó el mundo, pero las telecomunicaciones siguen organizadas a escala nacional. ¿Qué tendría que pasar para tener roaming gratis mundial?

2026. Vivimos en un mundo en el que es posible enviar un mensaje desde Barcelona a alguien en Kuala Lumpur y chatear en tiempo real. La conversación viaja medio planeta en segundos. Pero si tú y tu móvil recorréis esa misma distancia física, esa conversación puede salirte casi tan cara como el billete de avión. (Parece una exageración, pero pásate dos semanas en Malasia usando Internet como si nada y luego me cuentas…).
Si la tecnología está claramente preparada para (casi) todo, incluso conectar cualquier punto del planeta, ¿por qué el roaming sigue siendo tan caro? ¿Y por qué solo parece haberse domesticado dentro de la Unión Europea? ¿Qué ocurre cuando cruzamos esas fronteras?
Para explicarlo de manera rápida y sencilla, el roaming es lo que ocurre cuando tu móvil se conecta a la red de otro operador porque estás fuera del país donde contrataste tu tarifa.
Tu compañía no tiene antenas en ese territorio, así que, cuando cruzas la frontera, tu teléfono utiliza temporalmente la infraestructura de un operador local para que puedas seguir llamando, enviando mensajes o usando datos.
En realidad, lo que ocurre es una especie de acuerdo entre redes. Tu operador le pide a un operador extranjero que permita a uno de sus clientes usar su infraestructura. Ese operador acepta, pero… ¡Sorpresa! No gratis. Cada megabyte, llamada o mensaje genera un cargo mayorista que tu compañía debe pagar al operador que presta la red.
Además, el sistema es mucho más complejo de lo que parece a simple vista. Muchos operadores mantienen cientos de acuerdos bilaterales de roaming con compañías de otros países, y alrededor del 65% de ellos siguen dependiendo de estos acuerdos directos para gestionar el servicio.
No hace tanto, más de un viajero se llevó un mini-infarto al volver a casa y abrir la factura del móvil. Durante años, el roaming protagonizó los llamados bill shocks: facturas inesperadas de miles de euros por usar datos en el extranjero. En 2018, por ejemplo, una pobre turista británica recibió una factura de unos 4.000 euros tras utilizar roaming durante un viaje a Kosovo.
Pero, por suerte,todo cambió en 2017. Ese año, la Unión Europea cambió las reglas del juego con una medida sencilla: Roam Like At Home. En la práctica, esto significa que los ciudadanos europeos, siempre que estén en cualquier país de la UE, pueden:
Pero, ojo, eso no significa que el roaming sea gratis: los operadores siguen pagándose entre sí por el uso de las redes, y esos precios se conocen como tarifas mayoristas de roaming. En la UE están regulados por Bruselas, con límites máximos y normas de uso razonable.
La idea del roaming regional no se quedó solo en Europa. En los últimos años, varios bloques económicos han intentado replicar (con mayor o menor éxito, todo sea dicho) el modelo europeo. El ejemplo más claro está en los Balcanes occidentales.
En 2021, Albania, Serbia, Montenegro, Macedonia del Norte, Bosnia y Herzegovina y Kosovo (a la turista británica le hubiera encantado que sucediera tres años antes) eliminaron los recargos de roaming entre sus países mediante un acuerdo regional inspirado directamente en la experiencia europea.
Pero no es el único caso: en el Consejo de Cooperación del Golfo, que agrupa a países como Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Kuwait, Bahréin y Omán, también se han impulsado medidas para reducir las tarifas de roaming dentro del bloque. No es exactamente roaming gratis, pero sí bastante más barato que fuera de la región.
Algo similar ocurre en África oriental, donde Kenia, Uganda, Ruanda y Sudán del Sur han firmado acuerdos para abaratar drásticamente el roaming entre sus redes móviles, con el objetivo de facilitar la movilidad regional y el comercio.
Y América Latina también ha intentado sumarse al cambio. Organismos como la Comunidad Andina o el MERCOSUR han planteado iniciativas para reducir los costes de roaming regional, aunque los avances han sido más limitados y desiguales.
Si hace solo unos años la Unión Europea y otras regiones lograron regularlo, ¿qué pasa con el resto del mundo?
Pero la regulación acaba donde terminan las fronteras de la UE. Y ahí empieza el problema de los viajeros.
El roaming vive, en buena medida, del turismo. Los números ayudan a entenderlo: según la Organización Mundial del Turismo (UNWTO),en 2025 el turismo internacional superó los 1.500 millones de viajeros. Y cada uno de ellas llevaba también un potencial cliente de roaming en el bolsillo. La relación es tan directa que, cuando los viajes se desplomaron durante la pandemia, los ingresos por roaming en muchos mercados cayeron entre un 20% y un 30%.
Y no podemos fingir que la cuestión económica no juega un papel importante aquí. Según datos de GSMA Intelligence, el roaming internacional representa entre el 3% y el 6% de los ingresos móviles globales.
¿Te parecen cifras bajas? Díselo al turista francés al que le llegó una factura de 37.737 euros por una semana en Marruecos. Fuerte, ¿verdad? Ten en cuenta que el sector de las telecomunicaciones mueve más de un billón de dólares al año: incluso un pequeño porcentaje puede convertirse en un negocio bastante jugoso.
Pero, dejando a un lado el factor de la economía, también está la cuestión regulatoria. Internet globalizó el mundo, sí, pero las telecomunicaciones siguen organizadas a escala nacional. Cada país decide qué hacer con su espectro radioeléctrico, concede licencias a sus operadores y regula su propio mercado.
Como hemos visto, la Unión Europea pudo eliminar los recargos de roaming porque reúne tres condiciones bastante poco habituales a escala global:
En otras palabras, Europa funciona (al menos en telecomunicaciones) como un único mercado móvil. Para que existiera algo parecido a un Roam Like At Home global, harían falta acuerdos internacionales mucho más ambiciosos: regulación común, límites a las tarifas mayoristas y, sobre todo, coordinación entre operadores de distintos países.
Sería fantástico contar con una especie de Comisión Europea mundial que pusiera límites al roaming internacional, pero, de momento, eso lo dejamos en el plano utópico de los viajeros.
Lo que sí está empezando a cambiar no es tanto la política, sino el mercado. Cada vez más viajeros están dejando de depender del roaming tradicional y optan por soluciones más sencillas y baratas: eSIM internacionales, operadores digitales globales, Wi-Fi público o paquetes de datos.
Esto no es casualidad. Informes recientes del sector de las telecomunicaciones señalan precisamente a la eSIM y a los proveedores globales de datos como una de las mayores amenazas para el modelo tradicional de roaming, porque permiten cambiar de operador casi al instante y contratar datos sin pasar por la tarifa del operador nacional.
Vaya, que consiguen datos móviles en el extranjero sin tener que jugar con las reglas tradicionales del roaming.
Al mismo tiempo, el uso de datos móviles durante los viajes no deja de crecer. En pleno 2026 el roaming ya no gira tanto en torno a llamadas o SMS, sino a algo mucho más cotidiano: WhatsApp, mapas, redes sociales, streaming o videollamadas.
Estas nuevas soluciones no eliminan el roaming, pero sí empiezan a hacerlo cada vez menos relevante. Y ahí está quizá la paradoja final: el roaming internacional podría no desaparecer por una gran regulación global, sino porque el mercado y los propios viajeros por fin se unan en algo y empiecen, poco a poco, a dejar de usarlo.
Así que quizá deberíamos dejar de hablar del roaming como si fuera un problema tecnológico. Pista: no lo es.
La tecnología que permite usar el móvil en cualquier parte del planeta existe desde hace décadas... Lo que no siempre existe es la voluntad política de regular los precios. El caso europeo lo demuestra bien: la Unión Europea tardó más de diez años en eliminar los recargos de roaming, en medio de intensas negociaciones y de la presión del lobby de los operadores móviles.
Así pues, al final, la regla parece bastante clara: cuando los mercados se integran, el roaming desaparece. Cuando no lo hacen, el roaming sigue siendo un negocio.