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Uno de los destinos más remotos y exclusivos del mundo se prepara para dar un giro histórico: Bután abrirá en 2029 un aeropuerto internacional que promete cambiar la forma de llegar (y de viajar) a este pequeño reino del Himalaya.

Bután, ese país todavía desconocido para muchos viajeros, situado en el Himalaya entre India y China, no mide su riqueza en PIB, sino en Felicidad Nacional Bruta, un indicador que tiene en cuenta el bienestar de la población, la protección del medioambiente y la preservación cultural. No es solo una idea simbólica: esta filosofía guía muchas de sus decisiones, también en turismo.
Este pequeño reino del Himalaya recibe apenas unos 200.000 turistas al año. No es por falta de interés, sino porque, hasta ahora, solo ha contado con un aeropuerto internacional: el de Paro, situado en un valle estrecho rodeado de montañas de más de 5.000 metros.
Pero eso está a punto de cambiar. El país ya trabaja en el nuevo aeropuerto internacional de Gelephu, un ambicioso proyecto que abrirá en 2029 y que podría redefinir por completo la forma de viajar a uno de los destinos más inaccesibles del planeta.
Viajar a Bután no es como organizar una escapada a cualquier otro país de Asia. Aquí no vale con coger un vuelo barato y plantarte allí. El propio modelo del país está diseñado para que no sea así.
Durante décadas, Bután ha seguido una política conocida como “High Value, Low Volume” (alto valor, bajo volumen). El objetivo es claro: evitar el turismo masivo y proteger tanto su cultura como su entorno natural. De hecho, el país no se abrió al turismo hasta 1974, y desde entonces lo ha hecho con muchas restricciones.
Uno de los principales obstáculos ha sido siempre el precio. Hasta hace pocos años, los viajeros estaban obligados a contratar paquetes turísticos cerrados que incluían alojamiento, guía, transporte y comidas, con un coste mínimo de entre 200 y 250 dólares por día.
Hoy el sistema ha cambiado, pero sigue siendo exigente: actualmente se aplica una tasa de desarrollo sostenible de unos 100 dólares (aprox. 90€) por persona y noche, a lo que hay que sumar vuelos, hoteles y resto de gastos.
A día de hoy, Bután cuenta con un único aeropuerto internacional relevante: Paro. Y no es precisamente fácil aterrizar allí. Situado a más de 2.200 metros de altitud y rodeado de montañas de hasta 5.500 metros, está considerado uno de los aeropuertos más complicados del mundo. Los aviones deben maniobrar entre valles estrechos y realizar giros muy precisos, todo sin ayuda de radar. De hecho, menos de 50 pilotos en el mundo están certificados para operar en este aeropuerto.
A eso se suma una conectividad muy limitada. Solo operan un par de aerolíneas (Drukair y Bhutan Airlines) y el número de vuelos diarios es reducido. Esto obliga a la mayoría de viajeros internacionales a hacer varias escalas (normalmente en Delhi, Bangkok o Katmandú) antes de llegar.
El cambio empieza en el sur del país, en una zona (todavía) menos conocida para los viajeros: Gelephu. Allí es donde Bután está construyendo su nuevo gran proyecto: el Gelephu International Airport, previsto para abrir en 2029.
El proyecto destaca por un diseño que mezcla arquitectura contemporánea con tradición local. La terminal estará construida principalmente en madera butanesa, con estructuras talladas que evocan los paisajes del Himalaya y que, además, ayudan a regular de forma natural la humedad del ambiente.
Pero lo más llamativo es el enfoque: el aeropuerto integrará espacios para yoga, meditación o incluso baños de gong. Una forma de trasladar la filosofía del país (basada en el bienestar) incluso a una infraestructura tan funcional como un aeropuerto.
A nivel operativo, el cambio es radical. Mientras que el aeropuerto de Paro apenas recibe unos pocos vuelos diarios (y el mundo comienza a cancelar vuelos y rutas por la crisis del petróleo), el de Gelephu está diseñado para acoger hasta 123 vuelos al día, lo que lo convertiría en el principal punto de entrada al país.
Además, su ubicación juega a favor. A diferencia de Paro, Gelephu se construirá en una zona más baja y accesible, cerca de la frontera con India. Esto permitirá operaciones más sencillas, más rutas internacionales y, en general, un acceso mucho más directo a Bután.
Pero el aeropuerto no llega solo. Forma parte de un proyecto mucho más ambicioso: la Gelephu Mindfulness City, una nueva ciudad impulsada por el rey de Bután que busca convertir esta región en un hub internacional donde convivan inversión, sostenibilidad y bienestar.
La idea no es solo atraer turistas, sino también empresas y talento global, creando un nuevo polo económico dentro del país. Al mismo tiempo, permitirá redistribuir el turismo hacia el sur, una región mucho más salvaje, biodiversa y menos explorada que el clásico circuito del oeste.
Hasta ahora, la mayoría de viajeros seguía un itinerario bastante cerrado: Paro, Thimphu, Punakha o Bumthang. Con la apertura de Gelephu, el país quiere redirigir parte del turismo hacia el sur, una región mucho más salvaje, subtropical y biodiversa.
Aquí el paisaje cambia por completo. Selvas, ríos, parques nacionales y una fauna difícil de ver en otras partes del mundo (elefantes, tigres o rinocerontes) convierten esta zona en una alternativa muy distinta al Bután más clásico. Espacios como el Royal Manas National Park, uno de los más antiguos del país, podrían empezar a ganar protagonismo.
Ahora bien, esto no significa que Bután vaya a abrirse al turismo masivo, sino más bien a un turismo sostenible, acorde a sus políticas. El país ha dejado claro que mantendrá su modelo de crecimiento controlado. La tasa de desarrollo sostenible seguirá vigente y el enfoque continuará siendo el mismo: atraer a menos viajeros, pero con mayor impacto económico y menor presión sobre el entorno.
De hecho, el nuevo aeropuerto forma parte de una estrategia más amplia. No solo busca facilitar la llegada de turistas, sino también impulsar la economía, generar empleo y frenar la emigración juvenil, al tiempo que apoya el desarrollo de la Gelephu Mindfulness City como nuevo centro internacional.
La incógnita ahora es si ese equilibrio será sostenible. Abrirse al mundo siempre implica tensiones: más visibilidad, más presión y más demanda. Pero también oportunidades para reforzar su economía, atraer inversión y dar forma a proyectos como la Gelephu Mindfulness City.
En 2029, cuando el aeropuerto entre en funcionamiento, Bután no solo facilitará el acceso a uno de los destinos más remotos del planeta. También pondrá a prueba su propia forma de entender el desarrollo.